martes, 1 de noviembre de 2011

Concurso de relato de terror Halloween 2011

¡ATENCIÓN! SE HA AÑADIDO UN NUEVO RELATO AL CONCURSO

Ayer se acabó el plazo y como decíamos en las bases, aquí tenéis los relatos que hemos recibido (por orden de llegada) para ser sometidos a votación popular.
Los textos que nos llegaron pasadas las doce, lamentablemente, no entran a concurso.


SISTEMA DE VOTOS:

-Para votar por uno de ellos (o por varios) deberéis dejar un comentario en esta entrada con el nombre/nombres de los relatos seleccionados.
-No se contabilizarán los comentarios anónimos.
-Aquellos que deseen participar en la votación y no dispongan de una cuenta en blogger, pueden hacernos llegar su voto por correo electrónico a la dirección que aparece en el apartado de contacto del blog.


Sin más dilación, aquí los tenéis.

Mucha suerte a todos.





Maullidos de un gato negro. Por K.B.


Los maullidos de aquel diabólico animal descendiente de brujas, amante de aquelarres e íncubo del diablo eran ya incesantes en mi cabeza.

Aquel felino animal de tacto peludo y color a muerte tenia encandilada a mi preciosa y adorable esposa que amaba aquella horrible criatura que me producía un inevitable recelo.


Mi embriaguez por la bebida, sumado a un estado de completa desesperación por ni siquiera tener bienes para anestesiarme de esta vida. Me sumió en un estado de cólera e irritación que me empezaba a propiciar una locura demencial.


Y en uno de aquellos ataques de exasperación se me presento el animal, mirándome con sus impenetrables amarillentos ojos hostiles que amenazaban desafiantes en atacarme con verdadera ferocidad y despertó en mi una cólera enfermiza de un instinto animal fruto de posesión del mismísimo macho cabrio de Satanás.


Agarré aquel animal de su pequeño cuello con mis manos de verdugo, mientas él no dejaba de aullar desesperado y me clavaba las largas y afiladas uñas que había sacado de sus pequeñas y mullidas huellas de gato. Clavándomelas en manos y brazos como alfileres hundidos en mi blanda y frágil carne humana. Sus uñas me perforaban y arañaban sin piedad mientras mostraba sus afilados colmillos fruto de cólera, deseos de desgarrar cualquier pedazo de piel que se pusiera a su alcance. Alcancé el cortaplumas de mi derecha e introduje despiadadamente el artefacto dentro del ojo del animal removiendo con su filo en círculos hasta percibir el crujir de los tejidos oculares que iba seccionando hasta arrancarle de cuajo aquel ojo mortuorio, que visto desde el suelo seguía emanando jugos eméticos.


El gato me observaba aun en mi mano sin dejar de maullar con su ojo fijo en mi rostro, rabiando de ira y temor se escabullo de mis manos, en busca de su salvación.


Harto de aquellos chirriantes sonidos lo seguí hasta el sótano de mi destartalada morada y con hacha en mano y mi objetivo alcanzado, le propiné con todas mis fuerzas y una ira incesante y espesa, el mayor golpe de desgracia que mi vida me debiera.


Pues en ese mismo instante mi mujer encariñada por el maquiavélico animal, se puso ante la inevitable que muerte tuvo que alcanzar.


Y tapiada frente a unos ladrillos de fresco cemento, el gato negro sigue aullando a día de hoy su defunción, con los sollozos de aquella mujer que se interpuso ante su expiración, para salvar aquel peludo y tuerto gato, que aclamará venganza hasta que descubran mi fatídico crimen.


Si no es que locura acaba antes con mi abominable subsistencia…






Sin clemencia. Por B.T.S.

He sido confinado en esta prisión por haberme adueñado de algo que anhelaba con fervor. Ellos no lo saben, pero no es mi mayor castigo el reducido espacio o los constantes ecos de los desvaríos de los otros internos. Eso es una incomodidad pueril. Lo peor es haber descubierto que lo que deseaba solo lo poseí un breve instante y ahora se me vuelve a ofrecer a mis ojos sin ocasión de alcanzarlo. De nuevo tus dientes, Berenice. ¿Por qué vuelves a martirizarme, pequeña prima, con tu mustia sonrisa?. Mire donde mire, estás tu y tus dientes. Con los ojos abiertos o con los ojos cerrados, permaneces delante de mi, sonriendo como aquella tarde en la puerta de la biblioteca. Berenice y los dientes. Brilla su marfil en la penumbra. Los tuve en mis manos y ahora se me vuelven a ofrecer sin oportunidad de atraparlos. Me acerco y te escondes. Tanteo en la esquina oscura, no estás, me giro, estás del otro lado del cuartito, esperando, sonriendo.


Berenice, ¿ Estás enfadada por lo que te hice?, ¿Me lo echas en cara de este modo?, ¿Te burlas de mi?, ¿De mi ansia por tus dientes?. Siempre supiste de mi extraña sensibilidad. Por favor, deja de sonreir, Berenice, la sangre me hierve a borbotones. Los dientes, tus dientes. No, no te escondas, ya veo que es inútil acercarme.


El celador se asoma a la mirilla, maldito, él no es merecedor de contemplarte, él no entiende, nadie entiende lo ocurrido. No estoy loco, solo soy morbosamente sensible hacia los objetos, sus texturas, sus contornos, su superficie y cada una de sus irregularidades, como tus dientes. Desde que los vi aquella tarde en la puerta de la biblioteca, tus dientes ofuscaron mis alterados sentidos. Berenice, tenía que poseer tus dientes. ¿Comprendes porque hice lo que hice, uno a uno, colocados en su lecho de terciopelo, dentro del estuche de dentista? Uno a uno. ¿Por qué no, querida prima?. En brazos del postrer sueño, acababas de ser depositada en la húmeda cripta. ¿Cómo podía yo imaginarme que aún retenías el hálito vital? No sabía que un muerto podía sangrar tanto, creo que te moviste, me arañaste, no recuerdo, solo veía los dientes. Los pequeños dientes. Berenice, no sigas martirizándome, deja de sonreir, por favor, no prolongues más tan crudelísimo castigo.


Tu decreciente vida se encontraba en los dientes brillantes. Deseaba la vida de esos objetos, esos fríos fantasmas que dejaste delante de mi cuando te retiraste. Ellos no me aandonaron. Tenía que poseer esos dientes, esos dientes que continuas mostrándome. Ten piedad, querida Berenice. Hazme silenciosa compañía si es lo que quieres, pero no sigas sonriendo.


Berenice y los dientes, mire donde mire, no cejas en tu empeño. Te aplicas a ello con saña. Porque sabes que solo quiero tus dientes. Pues no huyas cada vez que trato de tocarte. El suplicio de Tántalo. Los blancos dientes, siempre ante mi pero fuera de mi alcance. Por favor, querida, ten piedad, Berenice.


Terrible emanación del averno, difusa compañera inevitable. Berenice sonríe, mostrándome impasible la causa de mi desgracia. Es insoportable. Los dientes, los pálidos y horribles dientes eclipsando su rostro consumido. Ese rostro devorado por la tisis que yo cubrí con el rubí de la sangre mediante el uso de unas tenazas de odontólogo. Me llevé sus dientes pero los dientes continuan aquí, en la celda, delante de mí. Berenice y sus dientes. Tengo que terminar de una vez con esta insufrible condena. Solo hay un modo, creo, de librarme de ti, Berenice, de la constante presencia de tus dientes. Emplearé todas mis fuerzas en estrellar mi cráneo contra la pared.






El caso de la señora Valdemar. Por J.M.M.P.

Mi mujer arrastraba una larga melancolía desde la visita al médico quien confirmó las peores sospechas: semanas, uno o dos meses como mucho. Ya había pasado dicho plazo y la sensación que veía en su ánimo temí fuese el verdadero empujón que esperaba la Muerte para separarnos. ¿Qué más podía hacer? ¿Acaso no habíamos recorrido a todos los médicos con idéntica sentencia?


Una luz se encendió como el luminoso del teatro por el que la casualidad nos hizo pasar cierta noche. Quería entrar, dijo, y aunque su rostro reflejaba cansancio nos unimos a los escasos interesados que presenciaban el espectáculo. Me alegré al ver a mi mujer ensimismada ante los sencillos trucos del joven ilusionista. El temor vino cuando aquél, pidiendo un voluntario, se acercó a mi mujer. A pesar de mis protestas el joven simuló que la hipnotizaba y la traía al poco a la conciencia.


Un inexplicable júbilo inundó el ánimo de mi mujer desde esa noche. Un nuevo vigor hasta el punto de llegar a asustarme por temor a una reacción de la traicionera enfermedad que le daba antes de quitárselo todo. Un año que disfrutamos como una luna de miel a falta de una mejor definición. Fue mi mujer la que me recordó el aniversario de aquella función al llegar a casa y verla postrada en la cama. Me asusté como si el anuncio de los médicos hubiera sido una lejana pesadilla.


«Busca al prestidigitador, que me devuelva la vida» me rogó. Y aun no entendiendo, recordé y a fuerza de insistir hallé su pista.


A la mañana siguiente mi esposa había sufrido una transformación horrenda, algo que no había visto anteriormente. Su piel se apergaminó y todo su cuerpo sufrió un envejecimiento repentino como si una mano invisible corriese el tiempo en años por minutos. Cuando el joven la observó, hizo un amago antes de sentenciar: «Ya es tarde». Me explicó que la vida se había detenido en su cuerpo gracias a la hipnosis y a la fe de mi esposa pero que el tiempo había expirado, nada podía hacer ya. Le hubiera implorado o agarrado por la camisa hasta hacerle confesar su brujería pero entonces mi mujer se revolvió en su lecho gritando, pidiendo quedarse en este mundo como si unos terribles seres la esperasen impacientes en el más allá. Mi último recuerdo es el de un aullido inhumano y la contemplación de su cuerpo mancillado con la descomposición de la carne entre insectos y gusanos abominables.






El retrato cuadrado. Por L.L.Z.

La fiebre subía sin remedio. Mi criado no dejaba de echar más leña al fuego de la chimenea que no llegaba a alumbrar la totalidad de la habitación.


Y tras años de oscuridad, después de la huida del anterior huesped, allí estaba el siguiente tendido en la cama, temblando su cuerpo y castañeteando los dientes entre terciopelo negro.


Encontré un libro sobre la almohada. En él había fotografías. Reproducían los cuadros que cubrían las paredes del dormitorio, también informaban al lector de quienes eran los retratados, quién el autor y cómo habían llegado las pinturas hasta esas paredes.


El criado iba y venía encendiendo velas de cuantos candelabros topaba por el castillo. Dejó uno sobre la cómoda deslumbrándome, llenaba de luz mi rincón oscuro, de calor y olor a cera. Luz de nuevo, luz abrasadora.


¿Se ha movido la muchacha del retrato cuadrado o es la fiebre la responsable de tal espejismo? ¡No! ¡De nuevo se ha movido! ¡No puede ser! Alcánzame otra vez el libro, Alan.


¡Al fin se percató! Estoy viva. Estoy aquí encerrada. Mi marido se llevó mis suspiros a sus lienzos. Me mató robándome el rubor de las mejillas y el brillo de mis ojos. Pero sigo viva en el retrato. Acércate, por favor. Demuéstrame que no todos los hombres sois tan desconsiderados.


¿El retrato mató a la dama? ¿La atrapó el marido con sus pinceles? Volveré a mirarla más atentamente, también con más pudor, durante sólo un instante.


Acércate... Mira cómo sonrío. Soy dulce y servicial. Y aunque odiaba la pintura porque me alejaba de mi marido, mírame ahora, convertida en arte. Sácame de éste rincón húmedo, te lo ruego, e imagina... Si odiando el arte como lo odiaba posé para él, qué otras cosas podré hacer por ti...


¡Está viva ahí atrapada! No te preocupes, yo te descolgaré. Te devolveré a la luz liberándote de tu cárcel de pintura, desdichada mujer. ¿Te dolerá si te hago arder en la chimenea, o sentirás placer al saberte de nuevo libre? Lo sabremos en seguida. Cuando mis piernas temblorosas consigan llevarme hasta tu pared.


Libérame, sí, pero antes he de pedirte un favor. Fue mi esposo un ser egoísta que jamás me prestó atención. Sólo me amó cuando fui retrato, nunca quiso estando viva. Por eso desearía que tu me besaras antes de dejarme arder... ¿Harías eso por mí?


Mil veces y una, bello retrato cuadrado. Besaré tus labios y serás libre.



Su cuerpo cayó inerte al suelo.


Alan corrió junto a su amo sintiéndolo frío, sin opción a reanimarlo.


Lágrimas amargas lloró el caballero quedando atrapado al instante por el lienzo, sintiendo cómo el cuadro se consumía lentamente al pie de la chimenea. Mientras tanto, en el cementerio, de la tumba que coronaba un ángel piadoso y sonriente, se alzó una mano pálida, que enmudeció hasta al crepitar del fuego.






Pluto. M.Ll.B.

De siempre he sido una mujer tranquila, alegre, sencilla. Enamorada de Max, mi marido. Nos conocimos rescatando a un pequeñísimo gatito que habían abandonado en un contenedor. Negro y escuálido por aquel entonces, creció con nuestro amor hasta convertirse en una cariñosa y elegante criatura: Pluto. Max se sintió feliz cuando a los pocos meses de casados quedé embarazada. Yo también quería a mi bebe, pese a que durante todo el embarazo sentí que mi cuerpo lo rechazaba como si fuera un pequeño alien alojado en mi interior. Vomité desde el primer al último día. Me mareaba constantemente y aunque debía descansar sufrí de insomnio. Max empezó un nuevo trabajo que lo mantenía durante días fuera de casa. Lo aceptó, me dijo, por el bebe. Por nosotros. Para poder criarlo en una casa nuestra y no en el pequeño piso de alquiler en el que vivíamos, silencioso testigo de nuestra dicha pero sin jardín. ¿Verdad Pluto? Decía acariciando el pelaje oscuro. Pluto me consoló en esos meses de soledad y malestar. Se tumbaba a mi lado y me ofrecía su calor. Me seguía hasta el baño y después de observarme vomitar hasta quedar vacía, con esos verdes y brillantes ojos en los que casi podía leer la compasión se acurrucaba a mis pies cuando descansaba sentada en el suelo frío. Por fin nació mi bebe. Max partía a menudo en largos viajes de negocios y ya había dado la entrada para la nueva casa en un pueblecito pequeño y encantador en medio de un valle, dejándonos a los tres solos. El bebe, quizá fruto del mal embarazo, no hacía más que llorar y llorar, día y noche. Yo me convertí en un ser brusco y desesperado que solo deseaba un poco de silencio para poder dormir. Pluto empezó a pasar cada vez más tiempo junto a la cuna. Una mañana en la que había conseguido adormecerme a pesar de los gritos del bebe, Pluto saltó sobre mi pecho. Maullando y clavándome las uñas, sentí verdaderos deseos de matarlo. A partir de ese momento no pude resistirme a darle una patada o un empujón cada vez que se acercaba a mí o lo veía cerca de la cuna, con esos ojos verdes vigilantes.


Aquella madrugada Max llevaba tres días ausente, en los que yo habría conseguido arañar un par de horas de sueño entre los llantos incesantes de mi bebe. Tenía los ojos arenosos, pegados, el dolor de cabeza más intenso que jamás hubiera sentido. Cuando alargué el brazo hacia la cuna, juro por Dios, que solo deseaba un instante de silencio. Mi mano encontró la carita del bebe cubierta con su mantita. La puse sobre su boca y apreté, apreté hasta que dejó de llorar y un bendito silencio cubrió la casa. Lo último que vi antes de quedarme dormida fueron los ojos de Pluto, intensos, clavados en mí.


Cuando la investigación terminó declarando muerte súbita, Max, muy afectado decidió que nos mudáramos a la casa nueva. Un nuevo comienzo. En ese tiempo yo no dejé de sentir los ojos acusadores de Pluto fijos en mí. Ya nunca se acercaba. El día anterior a la mudanza no pude soportar la idea de llevar esa mirada conmigo. Le serví leche caliente en la cocina, su debilidad. Lo tomé del cuello girándolo rápidamente con la misma mano que había matado a mi bebe y lo arrojé por la ventana. Sentí una fría satisfacción. Me había liberado de él. Un susurro horrorizado llegó a mis oídos: Max. Se precipitó a la ventana. ¿Qué has hecho? Decía. Mi mano buscó a tientas el enorme cuchillo de cocina que aún no había embalado…






Las sombras. Por I.L.


Sábado 22 de diciembre del año 2012.

El despertador suena hace media hora y no me muevo para detenerlo. Da un toque de realidad a este fatídico día, marcado como el del fin del mundo.


Hace tiempo que en el exterior nada funciona. Por aquella época, cuando se conoció la premonición escrita en la “Piedra Maya”, nadie hizo caso, hasta que un día el sol se apago durante media hora. Aquella “noche irreal” el mundo se trastorno. El primer caos.


Aquel día fue cuando aparecieron las sombras.


Mucha gente se trastorno. Pero, la gran mayoría nos acostumbramos a vivir en su compañía. Las sombras siempre están a nuestro lado desde entonces. Así empezamos a creer en la profecía. Todos hicimos lo que más deseábamos y nunca antes nos atrevimos a realizar. El segundo caos.


La gente intentó comunicarse con las sombras. Ellas, semitransparentes, humo negro y en silencio. Solo el frio sentido al atravesarlas con las manos hacía prever quizá lo que nuestro futuro nos deparaba. El despertador berrea y me siento observado por la sombra.


Desde aquel día nunca más he sentido calor en el cuerpo.


Si supiese la hora exacta, aún me animaría para ir a la gran plaza con las personas que allí están reunidas. ¡Que estúpidas!. Aún con fe. Piensan que algún dios les salvará. Tan sólo iría llegado el momento por ver las caras de terror al no cumplirse sus peticiones. Lo cierto es que todo me da igual ya. Deseo que termine todo de una vez. Aquí estaré, pase lo que pase; acompañado eso sí, de esta sombra que ya es como de mi familia ¿verdad sombra?.


¿Para que le hablo? Nunca recibo a cambio nada. Ni un movimiento, ni un gesto, ningún sonido.


¡Ya son las 11:55 y estoy cansado. ¡Para qué levantarme!


…¿Qué esta pasando? ¡El día se oscurece otra vez!. Miro hacia la sombra, ella sigue impasible. Me levanto para mirar por la ventana, todo el mundo que pulula por la calle se queda mirando hacia el sol, que ya está apagado.


Todo queda en silencio. La gente sigue expectante.


De improvisto y sin dar tiempo a reaccionar, las sombras empiezan a desvanecerse a desaparecer como vinieron. Miro hacía atrás y la mía ha desaparecido.


Poco a poco el sol empieza a iluminar otra vez. Los primeros rayos son tenues, como los de cualquier mañana primaveral, hace tanto que no sentíamos esta templanza.


Algunas personas se abrazan alegres, otros lloran, pero, otros seguimos mirando desconfiados.


A los pocos minutos la temperatura es inaguantable. Tras un estruendo ensordecedor, el sol se fragmenta en miles de pedazos y estos en otros. Son unos segundos de calor ardiente en el que sentimos nuestros cuerpos arder y tornarse todo negro.


…me encuentro en un mundo totalmente desconocido. Estoy de pie.


Alguien, al que sin saber porque, sigo a todos los lados me habla, pero yo no le entiendo.


Me siento ligero, muy ligero y volátil. ¿Dónde estoy? ¿Quién soy?






Nada más. Por M.


Apenas la hube matado, llamaron a la puerta. Unos breves golpes, como los nudillos de un bebé chocando contra la recia madera, tan leves, que al cabo de un minuto, mis manos aún enlazadas en torno al cuello de mi dulce Leonor, ya dudaba de haberlos escuchado. Dejé lentamente reposar su cabeza, le separé un mechón del rostro (más bello no era posible) y, mientras secaba mis ojos con el dorso de la mano, escuché de nuevo un repiqueteo veloz sobre la puerta rompiendo el silencio.


Quieto, aún arrodillado sobre Leonor, acudieron a mi mente aquellas palabras suyas: No hay nadie, me decía, sonriendo, son tus celos, nada más. Y ahora, esos golpes susurrados y apremiantes no hacen sino darme la razón. Quién vendría a estas horas (y llamaría de tal forma) sino un amante dispuesto a profanar tus aún cálidas (ya sólo mías) carnes. Esos golpes que ahora se repiten, cada vez más audaces, te desmienten, y vienen a quebrar el último instante de paz que quería (que merecía) pasar junto a ti, Leonor. Yo no demandaba más que un poco de tiempo antes de irme, pero ese amante inconfeso, tras la puerta, no ceja en su empeño de penetrar en la casa, en este salón, en tu cuerpo.


Me yergo al fin, resoluto, cruzo la habitación y abro la puerta al tiempo que se extingue el último golpe. Me enfrento a la oscuridad del rellano, escucho el rumor del amante escabulléndose en las sombras y allí, desde el umbral, le grito que es mía, ya sólo mía. Me responde el silencio. Mía, sólo mía, repito alzando la voz. Sólo silencio, cobarde silencio. Y yo sigo reclamando a mi amada hasta que se enciende la luz. A mi derecha, unos vecinos (en bata y pijama, alguno descalzo) me miran. A mi izquierda, en el suelo, un pájaro negro, un cuervo tal vez, extiende las alas y se eleva hasta el ventanuco abierto del descansillo. Desde allí me mira, alza su pico y emite un gruñido indescifrable antes de desaparecer. Un cuervo. Un cuervo, musito cayendo de rodillas. Un cuervo... nada más.




13 comentarios:

gines vera dijo...

Hola, como coorganizador del concurso Halloween 2011 felicitar a todos los participantes y desearles mucha suerte. Ya podéis votar también en mi blog hasta el dia 7 de noviembre.
Un saludo.

ShiroDani dijo...

Para este relato va mi voto: El caso de la señora Valdemar. Por J.M.M.P. es buenísimo.
Siento no haber podido mandar uno mío. No he podido, lo siento.

gines vera dijo...

Hola, yo me abstengo de votar por razones obvias pero agradezco a ShiroDani que sea el primero en votar. Ruego al resto de lectores tengan en cuenta, hasta la subsanación del pequeño lapsus, que hay 7 relatos a concurso, no 6.
Muchas gracias.

Mj (Oscuridad) dijo...

Aunque me han gusatdo todos voto por el primero Maullidos de un Gato Negro :)

Enfero Carulo dijo...

Voto por Maullidos de un gato negro. Por K.B.

Es excelente.

hugo dijo...

Maullidos de un gato negro, de K.B sin duda.

Cristina Puig dijo...

Voto por Maullidos de un Gato Negro de K.B., fantástico!

Katnishze dijo...

Mi voto va para Maullidos de un Gato Negro de K.B.

SuperYo o HiperYo dijo...

Los relatos son bastantes buenos, pero para mi gusto destaca el titulado "El retrato cuadrado" de L.L.Z. así que mi voto es para este.

Enhorabuena a todos y gracias por estos relatos.

SuperYo o HiperYo dijo...

Acabo de percatarme que se pueden dar mas de un voto, así que voto también a "Nada más." de M.

Antha dijo...

Yo voy a votar por el de las sombras, aunque me han gustado todos ^.^

Medusa Dollmaker (A.M.R) dijo...

Mi voto va para "Nada más" de M. Suerte a todos los participantes.

Aurora dijo...

Enhorabuena a todos por sus relatos. Les deseo mucha suerte.
Mi voto es para Las sombras por I.L.